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Texto de presentación del libro

"Oaxaca: Más allá de la insurrección"

Gustavo Esteva

Kaos en la Red

    La Comuna de Oaxaca tuvo desde que nació inmensa visibilidad. Pero sigue siendo un misterio. ¿Mera revuelta popular? ¿rebelión profunda, insurrección? ¿movimiento de movimientos? ¿revolución?

La Comuna de Oaxaca, como se le llama desde 2006 al movimiento vivido por Sergio de Castro en este libro, tuvo desde que nació inmensa visibilidad. Pero sigue siendo un misterio. ¿Mera revuelta popular? ¿rebelión profunda, insurrección? ¿movimiento de movimientos? ¿revolución? Y el misterio se acrecienta dos años después, cuando lo que pasa en Oaxaca ha dejado de interesar a los medios y las autoridades presumen que todo ha vuelto a la normalidad.

Falta aún perspectiva histórica para despejar todas las incógnitas que despertó desde su nacimiento la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca (APPO). Pero es indispensable, ante todo, ubicarla en el contexto apropiado, pues este peculiar fenómeno social y político tan claramente localizado en una cultura, una tradición, una experiencia, tiene raíces y alcances que rebasan por completo el ámbito local.

Los acontecimientos financieros del segundo semestre de 2008 han dado cierta popularidad a la intuición previa de que un ciclo histórico ha llegado a su fin. Expertos y dirigentes coincidieron de inmediato en que se trataba de la crisis económica más severa desde 1929, aunque fuese más parecida a la de 1907, pero no estaban preparados para este género de deceso y se ha multiplicado la confusión a la hora de identificar el cadáver. ¿Qué es lo que habría muerto con el síntoma de la catástrofe financiera? ¿El neoliberalismo, como forma específica del capitalismo contemporáneo? ¿La capacidad imperial de Estados Unidos e incluso su condición hegemónica? ¿Estaríamos acaso en la crisis terminal del capitalismo, de la sociedad económica e incluso de la era moderna? Para acotar el contexto en que la APPO surgió es utilizar examinar algunos de los candidatos a cadáveres.

El contexto de la APPO

· Fundamentalismo de mercado y neoliberalismo

George Soros, el conocido especulador financiero, bautizó de esa manera una serie de actitudes y políticas que en la última década dominaron la orientación económica de Estados Unidos y contaminaron al mundo entero. Con ignorancia, irresponsabilidad y mala fe se pregonó un catecismo económico centrado en la especulación financiera y la concentración sin precedentes de la riqueza y basado en la desregulación, en el abandono de algunas de las principales funciones del estado. La crisis puso punto final a este falso debate sobre gobierno/libre mercado, que pretendía reivindicar el valor supremo de “la mano invisible” al tiempo que ampliaba el gasto público, el déficit fiscal y el endeudamiento. Hasta Alan Greenspan, que por casi dos décadas impulsó esa orientación desde la Reserva Federal de Estados Unidos, expresa ahora con angustia la falla catastrófica que ha encontrado en su ideología de libre mercado: “Por 40 años o más –señaló en una audiencia en el Congreso estadounidense- trabajé con evidencias considerables de que funcionaba excepcionalmente bien” (La Jornada, 24/10/08, p.33). El presidente Sarkozy declaró, por su parte, “la muerte de la dictadura del mercado” (Ídem). El “fundamentalismo de mercado” ha muerto y no parece ya posible resucitarlo. Se reconocerá de nuevo que los gobiernos crean los mercados y que éstos no pueden existir sin regulación.

En los últimos años la etiqueta “neoliberalismo” se pegó descuidadamente sobre muy diversas posturas y orientaciones, pero sólo corresponde, en rigor, al paquete de políticas asociado con el llamado Consenso de Washington. No eran políticas nuevas ni propiamente liberales, pero se extendieron desde Estados Unidos y América Latina al mundo entero. El Consenso se rompió mucho antes de esta crisis. Tocó al Banco Mundial, uno de sus principales promotores, enterrarlo con honores en su más reciente informe. Los gobiernos de Colombia y México son quizás los únicos en el mundo que aún siguen vergonzosamente atados a él. No puede atribuirse a la crisis el agotamiento de esta orientación, que da ya sus últimas boqueadas, pero por ella cobrarán nueva fuerza algunos de sus componentes, como la prudencia fiscal y monetaria. Su previsible aplicación en Estados Unidos despierta ya sorpresa y preocupación. Cuando el Fondo Monetario Internacional y la Unión Europea le prescribieron consejos recetados por décadas a todos los países, algunos legisladores los consideraron un atentado a la soberanía estadounidense. En todo caso, la orientación misma ha llegado a su fin. Su desprestigio general hace virtualmente imposible la restauración.

Sería absurdo, desde luego, anticipar vísperas. Siguen ahí la ideología y los intereses que impulsaron esas versiones simplificadas e hipócritas del capitalismo, expresión de la arrogancia posterior al fin de la guerra fría. Tienen aún la suficiente fuerza para imponer “soluciones” a la crisis financiera que sólo protegen esos intereses y la están agravando. Pero es enteramente improbable que puedan restablecer la posición que tenían y aún más que pueda adoptarse de nuevo la orientación de política de este periodo.

· La posición de Estados Unidos en el mundo

Es éste el cadáver más difícil de certificar y exige examinar por separado sus partes.

  • Wall Street dejó de ser el centro financiero mundial. No será sustituido por otro: la pluralidad de centros financieros será sello de la nueva geopolítica multilateral.
  • La capacidad imperial de Estados Unidos, que nunca se basó en las armas aunque la empleó a menudo, estaba seriamente en entredicho desde hace años. La evolución reciente de América Latina da testimonio del proceso. Con esta crisis pasó simbólicamente a la historia. Ningún imperio puede sostenerse a base de préstamos.
  • La muy pospuesta reforma del sistema financiero internacional deberá crear, a la brevedad, dispositivos en que el dólar no tendrá ya la posición que aún se le atribuye.
  • Si la nueva administración estadounidense abandona la pretensión imposible de continuar un ejercicio imperial que carece ya de sustento económico y político, algo que no está claro con McCain/Palin, Estados Unidos podrá recuperarse paulatinamente de la crisis y ocupar el sitio que le corresponde en el escenario mundial.

· ¿El fin de una era?

El consenso sobre el cierre de un ciclo histórico se rompe claramente cuando se trata de caracterizarlo. Para Immanuel Wallerstein se trata del ciclo capitalista. Hace tiempo sostiene que 1968 marcaría el principio del fin del capitalismo como sistema mundial. Al examinar recientemente el estallido de la burbuja financiera y compararla con las anteriores señaló que “esta vez probablemente sea imposible evitar lo peor”. Reconoce que podría abrirse un nuevo ciclo de expansión capitalista una vez que se toque fondo y el mundo entero asimile todo el daño causado, pero no le parece probable que eso ocurra: ciertos obstáculos estructurales lo impiden. Estaríamos verdaderamente en la crisis terminal del sistema, en la bifurcación (según el lenguaje de los estudios de la complejidad): “Una turbulencia altamente caótica, que nuestro sistema-mundo está experimentando en este momento y que seguirá experimentando por unos 20-50 años” (La Jornada 19/10/08, p.28).

Otros muchos pensadores prominentes coinciden con Wallerstein en la impresión de que ya estamos en la turbulencia de fin de ciclo, pero llevan más lejos el argumento. Con el capitalismo terminarían también otras variantes de la sociedad económica, como el socialismo, y también la era moderna, el conjunto de ideas y prácticas que nacieron con la Ilustración.

El fin de una era se define por el momento en que sus conceptos, sus racionalidades, lo que está de moda llamar paradigmas, resultan obsoletos: ya no permiten captar lo que ocurre y mucho menos enfrentar los nuevos desafíos. Surge así el periodo de caos e incertidumbre que marca la transición, hasta que un nuevo sistema conceptual da paso a la nueva era.

Al final de una fascinante conversación con Chomsky sobre la justicia y el poder, que se puede encontrar en youtube[i], Foucault advirtió tajantemente que las ideas y conceptos originados dentro de nuestra civilización, nuestro tipo de conocimiento y de filosofía, forman parte de nuestro sistema de clases, por lo que no pueden emplearse para describir y justificar una lucha que se ocupa de derrocar los fundamentos de esa sociedad.

En los últimos 20 años de su vida, Iván Illich, que nos había prevenido en los años sesenta sobre la contraproductividad de todas las instituciones modernas, se dedicó a advertirnos que estábamos dejando atrás la era de las herramientas para pasar a la de los sistemas. Según Illich fue posible concebir al individuo con la creación del texto, en el siglo XII, pero permaneció inserto en un cosmos religioso hasta el nacimiento del capitalismo, que lo construyó como homo economicus, el individuo posesivo nacido en Occidente. Illich piensa que ese individuo, propio de la era actual, se estaría ya convirtiendo en subsistema. Iván no se sentía capaz de describir ese horror, pero le parecía que la imaginación de autores como Orwell había conseguido esbozar algunos de sus rasgos.

Según estos y muchos otros autores, el desafío actual no se caracterizaría solamente como la necesidad de acelerar el fin de esta era abominable, con toda su carga destructiva, sino también como la de impedir que se establezca en su lugar otra aún peor, que está surgiendo de sus entrañas, sobre la que no quisiera especular. Me parece más importante señalar que, a mi entender, la gente común parece haber intuido con claridad la situación, aunque no pueda articular esa intuición en términos teóricos, y está expresando en comportamiento sus nuevas convicciones. No se trata de sectas marginales. Es posible que muchos millones, quizás miles de millones de personas, se encuentren ya en movimiento para enfrentar con ánimo renovado la turbulencia actual. Lo hacen por una variedad de motivos, que van desde la lucha estricta por la supervivencia hasta la más amplia definición de ideales actualizados.

Desde mi punto de vista, en este contexto puede entenderse el surgimiento, la existencia y las consecuencias de la Comuna de Oaxaca: habría sido y está siendo una expresión privilegiada de ese movimiento general. Los oaxaqueños habrían funcionado como antena sensible de lo que está ocurriendo en el mundo y están pagando el precio de su anticipación.

Rasgos de la APPO

No me puedo extender aquí en la caracterización del sujeto personal/comunal que aparece como la célula principal de los movimientos sociales en curso, su sujeto, constituido más allá del homo economicus, el individuo posesivo nacido en Occidente. Pero deseo subrayar que se encuentra más allá de la ciudadanía. “El ciudadano es el habitante de la ciudad como estado, como sociedad propiamente política”[ii].

En la tradición formulada por Hegel, la sociedad económica de los individuos socializados como propietarios privados impone su racionalidad mercantil sobre la racionalidad comunitaria de la sociedad natural. Y con ella se establece también la premisa política que Hegel formuló en 1820: esos individuos no pueden gobernarse a sí mismos; alguien tiene que gobernarlos. Esta premisa ha gobernado la teoría y la práctica política de los últimos 200 años. Se discute cómo determinar quién ha de gobernar a la gente y cómo debe hacerlo, en forma democrática o autoritaria, mediante elecciones o por medio de un golpe de mano o una revolución, pero se comparte el principio asumido acríticamente que hoy forma prejuicio general: la gente no puede gobernarse a sí misma.

Millones de personas, sin embargo, cientos de millones, quizás miles de millones, tienen otra convicción y actúan conforme a ella. Se han gobernado siempre a sí mismos, con sus propios procedimientos políticos. En la época colonial o con los estados modernos tuvieron que hacerlo a contrapelo del sistema dominante, en medio de toda suerte de restricciones, tensiones y contradicciones. Lograron resistir todos los empeños de disolución y pasan ahora de la resistencia a la liberación, decididos a crear un régimen político que se ajuste a sus propios principios, no a los del estado-nación moderno, basado en la premisa de que los individuos competitivos que lo forman no pueden ser dejados en plena libertad, porque se destruirían unos a otros; para mantener la cohesión social, es preciso atribuir al estado el monopolio de la fuerza coactiva. Se trata de rechazar este régimen basado en la violencia, la economía y el individualismo, para regresar al centro de la vida social la política y la ética.

Oaxaca es el único estado de México en que predomina la población indígena. Los pueblos indios representan dos terceras partes de la población total. Hace 20 años, por primera vez en más de un siglo, un indio fue candidato a gobernar el estado. Al iniciar su campaña política convocó a representantes de los 16 pueblos indios de Oaxaca. Entre ellos es normal que una persona hable dos, tres o hasta cuatro lenguas indias, pero nadie habla las 16, que son muy distintas. En la ceremonia que organizaron, los pueblos hablaron en sus lenguas por más de diez horas sin interpretación. Al final, un viejo mixteco cruzó lentamente el inmenso salón y cuando estaba cerca del candidato le dijo, apuntándole con el dedo: “Queremos que seas para nosotros como la sombra de un árbol”. Y eso fue todo.

Nada entendí, como los demás. Corrí a buscar a mis amigos, a preguntarles por el sentido del ritual. Se sorprendieron de mi sorpresa. La primera parte, me explicaron, intentaba hacerle saber al candidato que no podía tener seriamente la pretensión de gobernarlos. ¿Cómo hacerlo, si para hablar con ellos tenía que usar el español, la lengua de los colonizadores? ¿Cómo gobernarlos, si no hablaba su lengua, la expresión suprema de su cultura? Por eso hablaron más de diez horas, para poner en claro que no los entendía. La segunda parte, me dijeron, fue aún más simple. Querían decirle que no era una rebelión. Querían un gobernador, y mejor que fuera uno de ellos, un indio. Pero debía estar a la cabeza de un gobierno distinto. No sería un gobierno que tratara de gobernarlos 24 horas al día, en todas partes, aún contra su voluntad. Tendría que estar en un lugar, a la vista de todos, bien enraizado en el pueblo. Si enfrentaban una calamidad, un terremoto, una sequía, o si tenían algún conflicto entre ellos, entre comunidades, acudirían a él y les daría protección, como la que ofrece la sombra de un árbol.

He usado desde entonces esta historia como teoría política alternativa. Si la gente tiene los cuerpos políticos adecuados puede gobernarse a sí misma. No necesita dar el “poder” a una persona o una elite, para que gobierne a todos. Las relaciones sociales se construyen de otro modo. El “poder” no es relación de dominación sino expresión de solidaridad y comunalidad. Es la relación que se concierta entre hombres y mujeres dignos al buscar el bien común –que eso, no la búsqueda del “poder” allá arriba, es lo que define su actividad política.

Se trata claramente de otra política, como dirían los zapatistas. No es ya la vinculada al estado-nación, que se encuentra en trance agónico. Es una política muy otra. Quiero destacar algunas de sus notas principales, observadas muy claramente en la APPO.

En numerosos movimientos sociales, en todas partes del mundo, está apareciendo la localización como alternativa a la globalización y al localismo. Para resistir colonialismo y desarrollo, muchas comunidades tuvieron que encerrarse en sí mismas por años, por siglos. Es cierto que la comunidad aislada es un invento de la antropología británica: nunca ha existido. Pero la presión del estado-nación, colonial o independiente, forzó a muchas comunidades a aislarse, a reconcentrarse en sí mismas. Se afirmaron así en formas de localismo que a veces derivaron en fundamentalismo. Parecen haber adquirido ahora la conciencia de que en la época actual ningún localismo podrá resistir el embate de la marejada mortal de las fuerzas económicas de alcance global. Por esa perspectiva y por un impulso que viene de lejos están rompiendo ese localismo. Se afirman más que nunca en sus propios lugares, en el tejido físico y cultural que los determina: se localizan a fondo, profundamente. Pero al mismo tiempo se abren a otros como ellos y empiezan a formar amplias coaliciones de descontentos, que se ofrecen mutua solidaridad y apoyo, se articulan paulatinamente en sueños más amplios y empiezan a constituir, así sea con mucha lentitud, la masa crítica capaz de impedir la distopía que se prepara y empezar la era en que sueñan.

En ese proceso, los movimientos sociales se afirman cada vez más en la política de un NO y muchos SÍes. Esta política encuentra un factor de unificación y articulación en un rechazo común a una acción u omisión, a una política, a un funcionario o a un régimen, pero admite al mismo tiempo la pluralidad de motivos, afirmaciones, proyectos, ideales e ideologías que define la condición real del mundo y la intencionalidad de una nueva era: la de un mundo en que quepan muchos mundos, como dicen los zapatistas.

No se trata de movimientos de masas, aunque pueden participar en actos de masas. Las masas están formadas por individuos, una condición en la cual se reduce a los hombres y mujeres reales a la calidad de átomos de una categoría definida y controlada por otros y se les trata como tales, en los términos prescritos para la masa de individuos que constituyen cada categoría abstracta: pasajeros de un avión, afiliados al seguro social, trabajadores de una fábrica, votantes, militantes de un partido, participantes en una marcha…

En la masa la gente pierde su movilidad[iii]. Las movilizaciones de un sindicato, un partido o un líder, definidas, organizadas y controladas desde arriba, tienden a desmovilizar a la gente. A pesar de su resonancia radical, la palabra masa es de origen eclesiástico y burgués: reduce a la gente a la condición que comparte con las cosas materiales: ser medido por unidad de volumen[iv]. La ilusión de que la masa de consumidores controla al mercado, la masa de trabajadores al capital y los negocios, y la masa de votantes al poder político, sirve para esconder el estado de cosas real, en que la gente es continuamente despojada de poder político y económico.

El estado-nación, creado con el nacionalismo como principio unificador y homogeneizador de poblaciones diferentes, definió desde su invención el horizonte de la actividad política. Bajo su empuje fueron absorbidas o disueltas multitud de formas de estado y de nación que habían existido hasta entonces, hasta el Tratado de Westfalia, en 1648, que marcó la entrada en escena de este régimen político basado en la violencia, en cuyo centro quedó colocada la esfera económica –desengranada de la cultura en el curso de los últimos mil años.

La muy otra política que están adoptando los movimientos sociales adopta un horizonte que va más allá del estado-nación, pero puede recuperar formas de articulación en las que acaso quepan términos como el de estado y nación, para describir las cuales, sin embargo, no hemos acuñado todavía las palabras adecuadas. ¿Cómo caracterizar, por ejemplo, a la articulación de comunidades que produjo el Manifiesto de Achacachi, en Bolivia? Miles de comuneros de la provincia de Omasuyos se articularon en él para tomar decisiones colectivas basadas en el principio de mandar obedeciendo, como en los zapatistas. Se trata de una articulación móvil e inestable, que logra “combinar la estabilidad de la estructura con la fluidez del cambio”, como señala Zibechi[v]. Se trata también, claramente, de una articulación horizontal de poderes no separados de sus comunidades, que no son, por tanto, poderes estatales, y tiene clara semejanza con las Juntas de Buen Gobierno de los zapatistas. La Comuna de Oaxaca –no sus mecanismos de coordinación- habría sido un experimento semejante[vi].

Hace tiempo corre por el mundo una intuición que Teodor Shanin ha formulado con toda claridad:

El futuro deberá ser, de algún modo, un hecho comunitario. El socialismo era claramente portador de un mensaje de comunitarianismo. El problema es que fue traducido en colectivismo, estatismo y autodestrucción[vii].

El comunitarismo sólo se vuelve fundamentalista cuando se asocia con el estado-nación. Los actuales sujetos de la transformación emergen con una vocación explícita: desligarse radicalmente de ese horizonte. Pero hemos de reconocer, sin reserva alguna, que se trata de sujetos dañados, atravesados y constituidos por el poder. “No somos sujetos puros”, dicen los zapatistas[viii]. Están conscientes de que enfrentan las condiciones generales de la explotación y la interiorización de esas formas: no son ajenos a ellas. Se han lanzado abiertamente a un proceso de regeneración en que buscan a otros con ellos, igualmente dañados, igualmente esperanzados, para armar entre todos lo que ha dejado de ser utopía, porque ya tiene lugar en el mundo, pero aún no consigue un nombre.

Dos años después

En 2008 prevalece en Oaxaca un ánimo rijoso, que expresa rabia, frustración, impotencia, desesperanza y hasta desesperación. Amplios sectores de la población están realmente intimidados. Algunos temen hasta respirar.

La polarización social se ha exacerbado a niveles sin precedente. Lo que antes se disimulaba y escondía bajo un manto de cortesía artificial o desprecio compasivo se manifiesta hoy, abiertamente, como racismo, sexismo y clasismo y propicia dispersión y fragmentación. Antiguas rivalidades y resentimientos salen a la superficie.

En la frustración, hay también un ánimo acomodaticio. Quienes dan por sentado que Ulises Ruiz cumplirá su término en la oficina que ocupa, consideran realista restablecer interlocuciones con los aparatos institucionales a su cargo o a su servicio: los tres poderes constituidos de Oaxaca.

El enojo generalizado se encuentra a flor de piel. Estalla con facilidad a la menor provocación. “La gente está muy enojada”, dice quien va a las colonias o a las comunidades. Pero también están enojados los comerciantes, los empresarios, los sacerdotes, los funcionarios, los chavos banda, los oenegeros, todo mundo. Como no siempre el enojo tiene clara su raíz, llega a expresarse con quien sea, con el que aparezca, por cualquier razón o sin razón alguna.

Al fondo o al lado de todo eso, sorprendentemente, hay otro ánimo alegre y decidido, lleno de iniciativa e imaginación, que no deja de actuar y prepara serenamente los siguientes pasos. Algunos defienden apasionadamente la no violencia activa, para resistir la violencia reinante; otros reivindican el uso de la violencia en todas sus formas y se preparan a emplearla.

Oaxaca atraviesa por una de las peores crisis económicas de su historia. Aunque viene de atrás, el deterioro a partir de 2006 parece incontenible. El alivio migratorio se ha estado congelando: llegan menos remesas –que ya abultaban más que el presupuesto público- y ahora no pueden irse cuantos antes lo hacían. Nadie tiene dinero. Esto se observa en todo el estado, pero en los valles centrales se acerca a la catástrofe. No hay para dónde hacerse.

La crisis social, un estado de cosas sedimentado en siglos de opresión, se profundiza a niveles insoportables. El tejido social lastimado se desgarra todos los días. Las confrontaciones se multiplican e imponen nuevos obstáculos a todo intento de reconciliación o aglutinamiento.

La crisis política se acerca a sus límites. El gobernador sigue gastando el presupuesto público y multiplica su propaganda. Los servicios públicos funcionan normalmente, es decir, muy mal. La presencia policíaca y militar se vuelve dato del paisaje. No parece existir gobierno. Se vuelven cada vez más ridículos los esfuerzos por hacer creer que sí lo hay, escondiendo la debilidad política tras ejercicios autoritarios de toda índole.

¿Esto trajo la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca, la APPO? ¿Es éste el balance del gran movimiento de movimientos? ¿Se habría vuelto, históricamente, una pequeña nota de pie de página, y habría dejado una secuela de derrota, división, desorganización, desaliento y autoritarismo, tras el empeño transformador y rebelde?

“Después de todo esto, no volveremos a ser como antes; no podemos y no queremos”. Esta expresión, recogida en la calle y citada reiteradamente, define el verdadero saldo del impulso libertario que venía de muy atrás y se hizo espectacular, aunque confuso, en 2006.

Los mecanismos de coordinación de la APPO, que nunca fueron muy eficaces, intentan resucitar. Habrá que ver. En todo caso, no eran ni son la APPO: la vitalidad vino del fondo, no de arriba. Y allá, en el fondo, se profundiza a cada paso una conciencia lúcida radicalmente novedosa: reconoce el carácter opresivo del régimen dominante y la obsolescencia de todas las instituciones, al tiempo que formula una nueva esperanza, basada en la conciencia de la propia fuerza.

El talón de Aquiles de APPO persiste: nadie sabe cómo articular horizontalmente los diversos impulsos. Pero esta carencia no impide la proliferación de iniciativas para evitar que la descomposición progresiva del régimen estimule una ola de violencia destructiva e incontrolable y para ocuparse de la transformación, con un proyecto político que muy diversos grupos y actores tratan de formular.

En Oaxaca, es cierto, huele a miedo y a pólvora. Pero también a cambio social profundo, incontenible. El vapor que impulsó calderas y pistones en 2006 se ha condensado en experiencia, actúa en su disipación y se derrama sobre la realidad. Cuando llegue el momento, hará estallar de nuevo los recipientes obsoletos que tratan todavía de contenerlo.

Por razones históricas y circunstanciales, Oaxaca se convirtió en un laboratorio significativo para concebir y experimentar las novedades de la transición a una nueva era. Está pagando los precios de sus audacias, entregada fieramente a la sorpresa de su restablecida dignidad.

* * * * *

Escribo estas notas con emoción peculiar.

Por todo lo que antes señalo resulta particularmente difícil acercarse a la APPO y hablar de ella. Intelectuales, expertos, políticos de todo el espectro ideológico y periodistas de toda laya y condición se muestran confusos, distantes, dedicados habitualmente a pegar etiquetas, calificativos y descalificativos sobre lo que no logran entender.

El relato honesto, apasionado, vivo, que aquí presenta Sergio de Castro, muestra virtudes excepcionales en su capacidad de desplazarse por las múltiples intimidades del movimiento sin dejarse capturar por cualquiera de ellas. Comparte así sus vivencias profundas y comprometidas del modo que la APPO merece, en su magnífica y tensa pluralidad y en la diversidad de los caminos que ha abierto.

Estas notas celebran sinceramente su esfuerzo e intentan ofrecer elementos del contexto que a mi entender se requiere para apreciarlo debidamente.

San Pablo Etla, octubre de 2008

[i] http://www.youtube.com/watch?v=hbUYsQR3Mes&feature=related

[ii] Bolívar Echeverría. 1996. “Lo político y la política”. Chiapas, 3, p.12.

[iii] Cuando digo movilizar quiero decir movilizar”, observa Enzensberger. “Que la gente sea más móvil de lo que es. Que tenga la libertad de un bailarín, la presencia de ánimo de un futbolista, el factor sorpresa de un guerrillero. Quien considera a las masas como objeto de la política no logrará movilizarlas; sólo quiere darles órdenes. Un paquete, por ejemplo, no tiene movilidad; sólo se le envía de un lugar a otro. Las concentraciones masivas, las marchas y los desfiles inmovilizan a la gente. La propaganda que no da rienda suelta a la autonomía, sino que la paraliza, sigue el mismo patrón. Conduce a la despolitización”. Hans Magnus Enzenzberger. 1992. "La irresistibilidad de la pequeña burguesía". Opciones, 8, 30 abril, suplemento de El Nacional. (Originalmente publicado en Kursbuch, septiembre, 1976).

[iv] “Puede decirse que el concepto de masa, puramente cuantitativo, puede aplicarse a la gente y a las muchedumbres como a todo lo que ocupa un lugar en el espacio. Sin duda; pero a condición de no darle ningún valor cualitativo. No debemos olvidar que, para llegar al concepto de masas humanas, hemos abstraídos todas las cualidades de la gente salvo la que comparten con las cosas materiales: la de ser medidos por unidad de volumen. Y así, lógicamente, las masas humanas no pueden ser salvadas o educadas. Pero siempre será posible ametrallarlas” (Antonio Machado. 1975. Prosas. La Habana: Editorial Arte y Literatura, pp. 239-40).

[v] Raúl Zibechi. 2006. Dispersar el poder. Buenos Aires: Taller Editorial La Casa del Mago, p.152. Zibechi agrega: Es “lo que Prigogine define como ‘estructuras disipativas’, en las que se produce la unión entre quietud y movimiento, tiempo detenido y tiempo que fluye”. Y aclara que para Prigogine “las estructuras disipativas son islas de orden en un mar de desorden, pero ese orden emerge espontáneamente y se mantiene en un estado estable lejos del equilibrio.”

[vi] Ver Gustavo Esteva, Rubén Valencia, David Venegas. 2008. Cuando hasta las piedras se levantan. Presentación y notas metodológicas de Norma Giarraca. Buenos Aires: GEMSAL.

[vii] Teodor Shanin. 2006. Pensar todo de nuevo. Oaxaca: Ediciones ¡Basta!, p.23.

[viii] Ver John Holloway, Fernando Matamoros y Sergio Tischler. 2008. Zapatismo: reflexión teórica y subjetividades emergentes. Buenos Aires: Ediciones Herramienta, p.88.



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